martes, 13 de octubre de 2009

Orden/desorden...

Ultimamente me siento presa del caos reinante en mi casa, abrumada por el desorden y en contre esta nota que hechó un poco de luz a la situación.
Lo comparto con ustedes:

A veces, por las razones que sean, tenemos todo manga por hombro, y ese desbarajuste altera nuestro equilibrio emocional. Pero la situación se agrava cuando el desorden se nos va de las manos y montañas de papeles, ropas enmarañadas en los armarios o botellas de vidrio en espera de ser recicladas amenazan con echarnos por la borda. Anhelamos organizar el revoltillo, sin embargo pasan los días, las semanas, los meses... y cuando queremos darnos cuenta, advertimos con zozobra que llevamos años hundidos en el caos.

En otro artículo de esta sección hablamos de la incomodidad que supone vivir con una persona adicta a la limpieza y al orden. Pero también resulta angustioso compartir casa o lugar de trabajo con alguien que exporta su propio mare magnum.
Y es lógico; cuando el desorden rebasa ciertos límites sentimos ahogo. Sabemos que deberíamos abordar ese desparrame pero no encontramos el momento idóneo para hacerlo. Anthony Avery, autor del libro Cómo organizar su vida diaria, nos previene de tamaña excusa: “Por mucho que piense que no dispone de tiempo para ordenar su vivienda la única verdad es que poner las cosas en su sitio simplificará su vida y le proporcionará más tiempo. Piense que donde hay desorden hay confusión. Es como si el desorden se amontonara sobre la mente y la paralizara. Además, la casa es un reflejo de cómo nos sentimos por dentro, y es percibido por los demás de esta forma. Si su hogar resulta un entorno apacible y ordenado, podrá sentirse a gusto y escapar del mundo caótico que nos rodea”.
Cuando leí hace unos años la novela Robinsón Crussoe, lo que más me impresionó fue comprobar lo organizadísimo que era este hombre. Robinsón fue el único superviviente de un naufragio y se vio obligado a sobrevivir en una isla durante muchísimos años en completa soledad. Muy pronto abandonó los fantaseos de ser rescatado y entonces cambió su concepto de la vida: la cuestión no era ya sobrevivir, sino vivir lo mejor posible con los utensilios que disponía. Este náufrago solitario organizó sus días estableciendo horarios de trabajo y descanso, actualizando cada mañana el calendario para no perderse en el tiempo, y procurándose comodidades a base de esfuerzo.En seguida comprobó que para trabajar de forma efectiva, debía ordenar sus enseres. En uno de los capítulos, narra: “Ya he señalado como llevé todas mis posesiones al interior de este recinto y dentro de la cueva que había practicado al fondo de mi vivienda. Pero debo observar también que al principio fue un confuso montón de cosas sin orden ni concierto que ocupaban todo el lugar y no me dejaban espacio para moverme. (...) Hice, pues, primero una silla y una mesa sirviéndome de varios pedazos de madera que había traído del barco. Cuando hube arreglado las tablas, puse grandes anaqueles de un pie y medio de largo, que instalé unos sobre otros en las paredes de la cueva para colocar todas mis herramientas, mis clavos y herrajes, en suma para poner cada cosa en su lugar y así poder encontrarlas fácilmente; y clavé ganchos en la pared de la roca para colgar mis armas y otros diversos objetos. Mi caverna se hubiera podido tomar así por un almacén general de todas las cosas necesarias: el buen orden que reinaba me hacía encontrar al momento lo que iba a buscar; y este orden, unido a la abundancia de objetos útiles y cómodos, me causaba un gran placer”.

Cada cosa en su sitio
Tolerar un cierto desorden no es lo mismo que ser desordenado. Si estamos confeccionando un vestido en el salón de nuestra casa, parece normal que mientras llevamos a cabo la faena se nos desperdiguen los diseños, las agujas y los retales sobrantes. Pero una vez concluida la sesión, los hilos y las tijeras vuelven al costurero, y los patrones, junto con las demás piezas, al lugar designado para la costura. Al día siguiente, si queremos continuar la labor, sacamos todo de su sitio y lo esparcimos por la sala a fin de trabajar a nuestras anchas, en un ambiente impregnado de corte y confección.
Los expertos aseguran que cuando alguien mantiene el desorden se debe a que de alguna manera lo necesitan. Pese a que reconocen un agudo malestar por la leonera en la que se ha convertido su vivienda y expresan el deseo de cambiar de actitud, suelen tropezarse con algún pensamiento oculto, inconsciente, que les retiene estancados. En ocasiones las personas prolongan su caos porque les da miedo enfrentarse a lo que poseen y a los sentimientos que pueden despertar en ellos sus objetos. En cierto modo siguen hilvanados al pasado y les aterra abordar el presente. Tal vez por ello, el primer paso encaminado a disipar esas brumas consiste en entender los motivos que le hacen acumular cachivaches hasta que su domicilio se transforma en un confuso trastero.
Hay gente, además, que demuestra un extraordinario aguante con el desorden: sólo cuando el agua les llega al cuello, consideran la posibilidad de arreglar esa marabunta. Ahora bien, el sólo esfuerzo de abrir un cajón y comprobar de nuevo cómo los medicamentos se entremezclan con las tijeras de costura, los recibos del banco, el juego de ajedrez o el mazapán de la última Noche Vieja, los hunde en la miseria. Sería necesario organizarlo todo cuanto antes, buscar un lugar para cada cosa y arrojar a la basura lo inútil, pero el pensarlo les produce agotamiento.
Sin embargo existe algo profundamente terapéutico en la acción de ordenar. Cuando ubicamos correctamente los objetos que andan por el medio, también aplacamos nuestro tumulto interno. Al retirar los obstáculos materiales de nuestro camino, establecemos las bases de la paz y la armonía en el hogar, en las relaciones y en los demás ámbitos de nuestra vida. De hecho, parte de ese cansancio que arrastramos desde hace tiempo se origina en la guerra silenciosa que sostenemos con nuestro espacio vital, como si la casa se hubiera conchabado contra nosotros y no hubiese forma de meterla en vereda.
Si decide arreglar el cajón de sastre, tenga en cuenta que no es una labor de coser y cantar. Ser ordenado requiere un cierto grado de disciplina, pero a medida que vaya adquiriendo nuevos hábitos, ya no lo vivirá como un trabajo extenuante. ¡Ánimo, las recompensas que se obtienen son muchas!

Nereida Cuenca

Anthony Avery, en su libro Cómo organizar su vida diaria, enumera algunos comportamientos que nos llevan poco a poco hacia el caos.
• Tiende a acumular cosas en previsión de que las pueda necesitar algún día.
• Guarda muchos objetos que no necesita porque tienen un valor sentimental.
• Se siente culpable cuando tira cosas a la basura.
• Se agobia al pensar en todo lo que tiene que hacer y siente que nunca dispone de tiempo para cavilar en la organización y, muchos menos, para ponerla en práctica.
• No coloca algunas de sus pertenencias en los armarios porque le da miedo perderlas. Al final, tiene más cosas encima de las mesas y de los muebles que dentro de los armarios.
• Es demasiado perfeccionista. Quiere ordenar tan bien todas sus pertenencias que se le hace una montaña tomar cualquier iniciativa.
• Es una persona que tiende a posponerlo todo (mañana, pasado mañana, algún día...)
• Se siente inseguro. Tiende a acumular objetos obedeciendo a su instinto de supervivencia. Estar rodeado de sus pertenencias le transmite seguridad y desprenderse de alguna de ellas, por pequeña que sea, le causa una gran desazón.


Para saber más:
Cómo organizar su vida diaria. Anthony Avery. Ed.: Víctor.
Aprenda a organizarse. John Caunt. Ed.: The Sunday Time.
¡No lo dejes para mañana!. M. Susan Roberts. Ed.: Sirio.


Fuente: aca

1 comentario:

Mitsuko Carteras dijo...

muy buen artículo, lo leo ahora tengo que practicarlo... y bue...